Érase una vez, en un pueblecito muy cercano, cinco personas que vivían en una casa sin ascensor. Cada pesona ocupaba una planta del edificio. Los más listillos ocuparon las cuatro primeras plantas del edificio, dejando la quinta para un joven trabajador, serio y solidario. Tan solidario que los cuatro de más abajo no paraban de pedirle favores de todo tipo y el joven del quinto, respondía siempre a las peticiones esperando que algún dia esto terminaría.
Pero con el paso del tiempo, esto no terminó. Los favores se convirtieron en órdenes y exigencias. El joven del quinto no paraba de trabajar y trabajar, y solo podía pagar lo que los otros le pedían, sin quedarle ya para él nada más que para ir tirando. Con este dinero, los otros se compraban AVEs, hacían Ciudades de las Artes, Aeropuertos sin aviones... Todo tipo de desmanes, despropósitos y juergas. Y no solo eso, sino que al joven del quinto se le empezaron a recortar sus libertades. Le empezaron a decir en qué idioma tenía que educar a sus hijos, le subieron las exigencias económicas, le impusieron leyes...
Y llegó el día en que el joven del quinto se hartó y decidió irse de la casa. Cuando los otros cuatro se enteraron, rápidamente pusieron el grito en el cielo diciendo que aquello no era posible! Que era antidemocrático y que si quería irse, ya que su marcha afectaba a todos, que eran todos los que tenían que votar, por que así lo decían las leyes que habían hecho ellos cuatro, naturalmente.
Dejo este cuento sin acabar. No hace falta. Todo el mundo sabe cómo acabará la historia.
diumenge, 5 d’octubre del 2014
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